"Y a ti, una espada te traspasará el alma"

Estimados hermanos, fieles y devotos, os transcribimos la homilía que nuestro párroco y director espiritual el Rvdo. Padre D. Santiago Correa Rodríguez, pronunció desde el altar mayor de nuestra Catedral, en la pasada Estación de Penitencia. Una bella catequesis, cercana y a la vez cargada de un profundo contenido teológico, en torno al evangelio de san Lucas de la Presentación de Jesús en el Templo y Purificación de Nuestra Señora:

Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. 

Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre: «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»

Palabra del Señor.
Queridos cofrades de la Hermandad del Nazareno Redentor del Mundo y Nuestra Señora Mediadora de la Salvación:

Cuarenta días después del nacimiento de Jesús, María y José junto con el Niño, se dirigen desde Belén a Jerusalén. Dos horas de camino con alegría e ilusión.

Jesús es el primogénito de María. La ley de Moisés exigía consagrar al servicio de Dios, al primer hijo. También la ley de Moisés prescribía la purificación de la madre a los cuarenta días del nacimiento de su hijo. Ni Jesús tenía que ser rescatado, ni María necesitaba ser purificada. Sin embargo, los padres de Jesús hicieron la ofrenda de los pobres.

Y fue en el templo donde tuvo lugar el encuentro con el anciano Simeón que, movido por el Espíritu Santo, toma en brazos al Niño y profetiza sobre su futuro: será el Salvador del Mundo, será la luz y la gloria de todos, pero también será el blanco de contradicción para muchos.

María y José estaban admirados por lo que se decía del Niño. Y es cuando Simeón los bendice y profetiza sobre la madre: una espada de dolor le atravesará el alma. En esta escena va a quedar establecido el futuro de Jesús como Redentor y de María como asociada a la suerte de su Hijo.

Pasan los años y aquel Niño, ya hombre, cumple con su misión de redimir al mundo. Y lo hace con su palabra, con sus milagros, con su bondad y con su entrega. Muere en la cruz para salvar a un mundo necesitado de redención. Él, como Redentor del Mundo nos muestra su cruz para que nosotros sepamos llevar la nuestra. Y Ella, la Virgen María, unida al dolor de su Hijo en la cruz, pasará de una maternidad física a una maternidad espiritual. Se convertirá en la madre de todos los creyentes en Cristo. Ella será el puente entre Dios y los hombres. Será la Mediadora de la humanidad ante Dios.

Ante la meditación de este relato evangélico, nuestra respuesta debe ser agradecer a Jesús por su infinita bondad rezándole un “Padre Nuestro”, y un “Ave María” a su madre por la celestial belleza de su corazón, como Mediadora de la Salvación.

Amén.

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